A Rodrigo lo habían invitado para un acto en el zoo. Con gran ilusión se presentó a la hora indicada, pues desde que era niño no había vuelto a visitarlo.
Al entrar, le indicaron el lugar asignado, sobre un plano. Localizó la puerta de acceso y se extrañó de ver el interior tan oscuro. Se trataría, supuso, de algún acuario, o de animales de hábitos nocturnos. Siguió por el pasillo, abrió la puerta del fondo, y cuando se cerró tras de sí, vio por fin las rejas, y la gente al otro lado, riéndose y arrojándole maníes.
Rodrigo no llegó a comprender, que era el invitado de excepción de los días lunes, cuando permiten entrar al público, para ver comer al tigre.
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