Pintaba media pared, preparaba la comida, leía el periódico que estaba por el suelo...
Su vida era bastante desordenada y rutinaria.
Abrió el refrigerador y se le cayó un huevo.
La yema amarilla lejos de reconciliar su desorden habitual, profundizó el caos.
Entonces, cansado de llegar siempre tarde, de no poder entender las causas de sus múltiples desastres hogareños, cansado de no ser, sino de estar perdiéndose a sí mismo, decidió no comenzar mas una tarea sin haber terminado la anterior.
No lo dudó un instante más. Fué hasta la tienda cercana y se compró un reloj de pared.
Luego de colocarlo y con cierta felicidad interior, quedó embelesado mirando el reloj.
Y todo por un huevo, pensó...









