Nadie mira a nadie. Nadie habla con nadie. Nadie toca a nadie. Sólo silencio.
Tensión. Miradas perdidas.
No pueden salir, las paredes son su cárcel, las ventanas cerradas con llave.
El miedo, el nerviosismo se apodera de todos los rehenes.
Alguno se muerde las uñas, otro lagrimea, los más atrevidos cogen el teléfono e intentan comunicarse.
Así van transcurriendo las horas, los minutos, los segundos... qué eternidad!
La incertidumbre de no saber cuando podrán ser libres.
Y entonces el raptor anuncia que en breve podrán ir a sus casas, pero que mañana tienen que volver a su cautiverio.
No más de quince minutos y todos recogen sus cosas con rapidez.
Con sonrisas en la cara se les oye comentar:
¡Por fin otro día de trabajo ha terminado!


